La saga Were-Bimbo: una arqueología del deseo a través de los siglos
Bienvenidos al universo literario de Alejandro Gómez Mingueza
Soy el creador de la saga Were-Bimbo, una colección de novelas que exploran la liberación del deseo ante la represión histórica y el poder de la seducción en la mujer.
El origen místico del Grimorio del Placer Prohibido
Desde el año 815 hasta el futuro cercano, las protagonistas despiertan un alter ego irresistible al cumplir su mayoría de edad, enfrentando una lucha interna por su identidad.
Un universo coherente y personajes inolvidables
Aunque son autoconclusivas, las novelas comparten un hilo conductor: el grimorio viaja por los siglos dejando huella en Irlanda, Viena, Londres, París, Chicago y la España actual.
¿No es esta saga una forma de cosificar y denigrar a ciertas personas, reduciéndolas a su aspecto físico y a su capacidad de seducción, en función de su género o identidad sexual?
Lo entiendo. El título, el concepto y algunas portadas pueden sugerir eso. Pero permítame desmontarlo.
Las personas que heredan (o sufren) la maldición were-bimbo no son objetos de deseo. La saga no dice que la belleza sea mala. Dice que la obsesión por la belleza como único valor (la cosificación) es una trampa universal. Y muestra cómo personas con cuerpos transformados, deseadas hasta la hipnosis, siguen siendo seres completos: con miedo, con rabia, con amor, con preguntas sin respuesta. Su aspecto influye en cómo las perciben, sí. Pero no dictamina quiénes son. Y eso es un mensaje muy claro: eres mucho más de lo que los demás ven en ti.
Es cierto que las primeras historias se centran en mujeres (porque históricamente la represión del deseo ha golpeado con más crudeza a las mujeres y a las identidades disidentes). Pero según la saga avanza, aparecerán personajes de distintos géneros e identidades que también se enfrentan a la maldición. Y en todos los casos, el respeto que se les muestra no viene de su silueta, sino de cómo eligen vivir (o morir) con ella.
Y eso, creo, es el respeto más profundo que se le puede dar a un personaje: no reducirlo a su envoltorio, sino a sus decisiones.
¿Por qué usar un término como "were-bimbo" para una maldición? No parece tener la misma fuerza que vampiro o hombre lobo. ¿Cómo puede competir con esos mitos?
Usted lo ha dicho: "lo que a muchos nos atrae de otras maldiciones". Piénselo.
¿Por qué nos fascinan los vampiros? Porque son inmortales, seductores, poderosos. Porque encarnan el deseo de vivir sin límites, de ser deseados sin envejecer. ¿Y por qué nos asustan? Porque pierden la humanidad, porque su hambre de sangre los convierte en monstruos. Nos atrae lo que podemos llegar a ser; nos aterra lo que podemos perder.
El hombre lobo es lo mismo: la libertad de la bestia, la fuerza irrefrenable, la conexión con lo salvaje… y el horror de despertar sin recordar lo que se hizo bajo la luna llena.
La maldición were-bimbo juega en esa misma liga, pero con un campo de juego más íntimo y, a la vez, más global: la sexualidad, el deseo, la apariencia, el poder de seducción. Nos atrae la idea de ser irresistibles, de doblegar voluntades con una mirada, de que todos nos deseen. ¿Quién no ha fantaseado con eso alguna vez? Pero nos aterra, y mucho, la posibilidad de que ese deseo nos devore. De perder el control sobre quiénes somos, de convertirnos en un reflejo de lo que otros quieren ver, de que nuestra libertad se convierta en una jaula de deseo insaciable.
Llamarla "were-bimbo" no la vuelve ridícula. La vuelve más humana. Porque la bimbo (el estereotipo, el cuerpo escultural, la hipersexualización) es algo que nuestra cultura ya utiliza como arma y como condena. Resignificarlo es reconocer que ahí hay un poder real, y también un peligro real.
No le pedimos que deje de ver el término como algo frívolo. Le pedimos que lo mire dos veces. Porque cuando las sombras se alargan y la luna llena brilla, lo que a muchos nos atrae de la maldición no es el nombre, sino lo que despierta en nosotros. Y en eso, la were-bimbo da tanto miedo como el conde Drácula. Quizás más, porque su miedo no viene de un ataúd, sino de un espejo.
¿Por qué descubrir esta saga ahora?
Porque desafía los estereotipos y plantea dilemas reales sobre la soberanía del cuerpo. ¿Y si tu propio deseo fuera la única ley en un mundo que siempre temio a amar y disfrutar sin complejos?